Una pastilla.
Dos pastillas.
300 milígramos.
Eso pesa hoy mi pena.
Eso es lo necesario para sostener los días:
brincar de la cama,
emular una sonrisa,
abrir la boca para comer,
moverse entre los objetos de la casa.
A veces las mujeres estamos muy solas
y sólo tenemos 300 milígramos de calma,
sustitutos de abrazos y caricias,
de una mano que te tire desde el barro.
Pero no hay.
No hay abrazo.
No hay palabra.
Ni un buenos días junto con un beso en la cama.
Ni un “¿te preparo el café?”.
No hay un beso largo
que encienda las rutinas,
que aniquile las horas
y el reloj de mis silencios rotos.
No hay un palmazo en mi nalga derecha
ni en la izquierda.
Da lo mismo.
No hay dedos enredándose en mis rizos matutinos,
en mis risas,
en mis aros,
en mis labios aún dormidos.
No hay nadie que me entibie los muslos fríos
con manos de hombre pájaro
para luego ir juntos a la ducha
a abrigarnos los sueños...
Que me ayude a colocar el bidón del agua
y a surcirme los pensamientos
cuando el cansancio no me deja ordenar las ideas.
Que me desabroche el sostén cuando estoy ebria
y me desarme la trenza
para liberarme de los verdugos y mediocres,
de la tiranía de la risa
y el deberr de estar alegres.
Que en esos días,
cuando en las mañanas se me caigan las lágrimas en el café,
me abrace como quien abraza los mejores días.
Pero no hay un gesto amable
que envuelva con ternura
mis manos heladas
de tanto acariciar fantasmas.
Mientras tanto
me sostengo del pasamanos invisible
de las furtivas posibilidades
de un amanecer distinto..
Jimena Herrera
Tan melancólica como siempre, me gusta tu estilo. Este escrito describe muy bien la soledad de lo cotidiano y el sentir de los medicamentos para saber llevar el día a día.
ResponderBorrar