sábado, 8 de noviembre de 2025

Reflexión sobre la muerte. (una pequeña reflexión)

En el mundo, dice Bauman, se hallan dos acontecimientos inevitables de nuestra existencia: enamorarse y la muerte. En esta última quisiera detenerme. 

Una perdida significa entrar en una experiencia límite, donde enfrentamos una situación que no se puede revertir ni reparar. Rompe nuestros propios esquemas transformando el día a día. Prisioneros de un cambio inevitable, nos encontramos de frente con un dolor desconocido, pero sumamente intenso. Una perdida buscando sus matices, su propio color, en definitiva, su propio lenguaje de semilla.

Nos enseña a vivir con una presencia familiar, pero no tangible, una presencia inmóvil que nos orienta a abrazar lo desconocido. Nuestro dolor se vuelve silencio y recuerdo; y justamente ahí radica su fortaleza. 

- Recordar es un acto de mantener presentes a aquellos que aún no han resuelto su eternidad, diría Stella Díaz Varín. Porque una pérdida te obliga a mirar con otros ojos, a llevar sobre los hombros a quienes hemos amado. 

 - Recordar es un acto de enfrentar la muerte, de confrontar su ausencia. 

El recuerdo no es un pasaje estático, sino un paisaje en movimiento: una búsqueda de amar lo que está lejos.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Lenguas estrelladas

 Junio de 2025

Contemplo con extremada ternura
cómo te deshaces en mis manos antes del amanecer,
como si esperarme fuera algo más urgente que el hambre.

No dices nada.
Y yo tampoco.
Mejor así.
Hay palabras que, si se pronuncian,
mueren en la sombra de todos nuestros silencios.

Pero sonamos a nosotros,
en alguna hora que se detiene sobre esta noche
más oscura y quieta que todas las noches.
Siento que no hay fuego más real
que este calor que me dejas en los muslos
después que te vas.

Y me quedo mirando la forma
que dejó tu cuerpo en la sábana,
como si pudiera archivar el hueco,
clasificarlo,
y, tal vez,
devorarlo con el paso de los días.

Entonces miro por la ventana.
La noche respira en mi nuca,
y aún siento destilar tu saliva.
En mi cara, las estrellas se deshacen
en un líquido caliente.
Y mis pupilas — ahora —
se parecen a tus ojos negros.

Deseamos la misma noche,
amor.
Lo supe porque la otra mañana me desperté con la espalda tibia.
No estabas,
y, sin embargo, tu calor seguía ahí,
como un vestigio suave y palpitante
en mi entrepierna.

Tal vez todo esto lo he escrito dormida,
con tu lengua dibujando figuras
de ramas arbóreas
sobre mi espalda.
Pero no abrí los ojos del todo.
No era necesario.
Ya te reconocí en la forma
en que mi cadera te ofrecía tregua
sin haberlo decidido.

No te busqué.
Pero algo en mí,
desde los bordes de mis brazos lánguidos
y desde la hondura de mis abismos frágiles,
te invocó.
Y viniste.

Como un perfume que recuerda la piel
antes de tocarla.
Como un sueño que se deja beber
gota a gota,
sin temor a la vigilia.

Tu torso sobre el mío fue un umbral,
un idioma sin gramática,
sin reglas, sin métrica, ni juicio.

Y afuera,
la noche — con su silencio de muertos —
nos miraba con paciencia,
guardando cada jadeo
de manera secreta y lujuriosa:
tu tacto,
tu aliento.

Por esa extraña sensación
de haber sido una sola — contigo —
girando en el centro de la habitación,
como un fruto podrido.

Y aún,
en el fondo de mis piernas abiertas
y expectantes,
queda tu nombre sin pronunciar.

La noche lo guarda.
El cielo lo escucha.
Y el silencio — nuestro silencio —
sigue ardiendo en nuestras lenguas,
bajo las estrellas.

 


Día culeado

 

Hay días 

en que me como la pena.

Sola.

Con mis amantes imaginarios

y mis maneras de pensarme 

sin juicio ni soberbia.

 

Ahora 

voy en la micro.

Sola

Pero, no me determina esta soledad

ni las ganas de asesinar

las melodías románticas que suenan en la radio.

Yo sólo deseo llegar al centro.


La micro se detiene en el Estadio Regional.

Saco mi termito del café

con dos gotitas de pisco,

¡y sin azúcar!,

para que me queme,

para que me duela de verdad,

para que me recuerde

que todavía tengo garganta,

esa que me adormecieron los antidepresivos

y hasta me quitaron las ganas de follar.

 

Sudo

el sacrilegio del olvido.

Sudo la vergüenza de seguir insistiendo

Cuerpo tras cuerpo

Paso tras paso

de gente con prisa

y sin poesía.

 

Me como la pena

con dos mandarinas que saco del bolso.

Tengo rabia,

la mastico igual

porque soy porfiada.

 

Porque hay días,

como este,

como varios,

en que simplemente riego las plantas,

juego con los perros,

sacudo las sábanas

del polvo aniquilante de tus besos tiernos.

Y me subo a una micro.

 

Enfilamos hacia la Avenida Brasil

saco mi teléfono y abro el mail:

“Lamentamos informarle que no ha sido seleccionada

para el cargo al que postuló.”

Esas palabras

me escupen en la cara un nuevo fracaso.

 

Se me acumulan las cuentas,

los sueños,

los miedos del futuro.

 

Mientras tanto,

mis poemas parpadean en la ventana

y escribir es lo único para lo que tengo ganas.

 

Recuerdo la mirada de mi hija

que a veces me observa con desdén

porque cree que no hago otra cosa que escribir poemas

Y ella espera que haga dinero para llevarla de viaje.

 

Y me vuelvo a acomodar,

pongo mis canciones favoritas,

los audífonos me aturden

y otra vez me lleno de pena,

de esa pena que sabe a vida que se tuerce.

A sueldo que no alcanza.

 

Me miro en el espejo: tengo una nueva cana en la ceja.

Entonces me río.

Me río de mí,

de mi drama con horario fijo,

del silencio que hace más ruido que el camión de la basura…

 

¡Concha de tu madre me olvidé sacar la basura!

 

Le doy otro sorbo al café con malicia.

Porque sí,

porque no hay redención en la sobriedad.

Y evito ese perverso positivismo tóxico.

El mensaje de autoayuda que me llega en un reel de Instagram.

 

Hay días

en que la pena me la sirvo en plato hondo,

con cuchara de postre

para degustarla,

lamerla,

repasarla con los labios.

 

La mastico con culpa,

con humor,

con un poquito de esperanza vencida,

y me trago también la fe que me dijeron que tenía que tener.

¿Y mis sueños de infancia?

Allá van…galopando

Escapándose de mi

Como si me tuvieran miedo.

 

Y mientras tanto

la ciudad 

con su ruido de ollas,

sus bocinas cansadas,

sus amores comprados en la feria,

sus perros callejeros

que ladran a la nada.

Como si aún quedara algo que reclamarles a los funcionarios públicos

que desfilan indiferentes por calle Prat.

 

Y yo acá

en la micro

me como la pena

y juro que mañana,

mañana tal vez,

no me duela tanto.

 

O sí.

Pero que al menos me duela bonito.

Con ritmo.

Con verso.

Con rabia y con ternura.

Como todo lo que sigue vivo en mis huesos y en mi carne

De una mujer que no deja de nombrar

Lo innombrable.

 

Vientos salvajes

Ahora que todo quedó en silencio

es preciso enmendar los sueños
y las ilusiones de tiempos buenos,
coser con hilos de memoria los bordes deshilachados del tiempo.
De mañanas tibias y cafés que se enfriaron
sin que nadie los reclamara.

La luz se cuela por la ventana
y se queda un rato sobre la mesa,
como si cada rayo intentara recordar
lo que se quedó flotando en el aire,
entre libros abiertos, ropa tendida
y los murmullos de una ciudad que a veces parece no querer a nadie.

El viento mueve las cortinas
con una brisa que ya no huele igual,
y yo, descalza sobre el piso frío,
escucho cómo cada rincón de la casa
susurra promesas que no fueron,
pero que dejaron su aroma,
su pequeño calor, su rastro leve de belleza.

Y en un rincón secreto del pecho
una raíz quebradiza busca tierra fértil
El café, aún tibio, se desliza por mis labios
de manera amable,
recordándome que la quietud de los días simples
puede ser un refugio tierno
y que cada luminosidad anaranjada 
que se estira sobre la tarde
lleva consigo una promesa de calor
canto
letras vivas
poesía que resiste en rama firme
los vientos salvajes.

Fulgor de Luna


Anoche me volví a dormir muy tarde.

Luego me despertó el resplandor potente de la Luna, que se deslizaba por mi cara.
Sentí nostalgia 
por esa mano acariciándome
mientras el mundo se vuelve un lugar duro de habitar.
Cuando los días 
parecen asistir desnudos
a las fiestas más sombrías que celebro
cuando las cosas se tuercen.
Cuando los duendes de la infelicidad hacen un festín con mi pena y danzan alegres un nuevo fracaso. 

Estoy sola
Sola
En esta noche más clara y brillante que nunca.
Mi piel esta desprovista de besos tibios y  buenos días. 

Pero ya estoy cansada 
y no quiero otros besos
y ya no quiero más buenos días.
Y ya no quiero volver a sentir que la tristeza me retuerce los intestinos y me roba la calma.
Ya no quiero sentarme a esperar que un nuevo Sol  me traiga un poquito de esperanza. 
Y luego un frío que me congele las pocas ganas que quedan de volver a amar.
En la mediana edad.

Mis ojos se volvieron ríos que no paraban de fluir con sus aguas rabiosas bajo esta Luna llena
a la que le pedí que se llevara toda la pena.
Se lo pedí como una niña que en su cumpleaños aprieta los puños y los párpados mientras pide sus deseos. 

No sé en qué momento volví a dormirme.
Mientras la soledad me acariciaba la cabeza para descansar las sienes de las pesadillas.
Órbita lunar
Llévate esto.
Dame tiempo para dejar caer mi cuerpo 
desnudo sobre la cama vacía.
Fulgor de Luna
de memorias nocturnas.
Límpiame las pestañas
de nuevas serpientes.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Renacer

Entonces, ese día fatídico llego

La sensación fue de lo peor

Pude ver como todo se desplomo

Y también como todo se apago 


Caóticos fueron los días sin animo

Difíciles fueron los días sin ganas

Eternas fueron las tardes apagadas 

Y solo las noches me acompañaban 


Los meses pasaron

Y la historia cambió

Ya no siento tanto dolor

Pero si me llene de amor


Y entonces el día llego

El día que sentí

que volví a vivir

domingo, 2 de noviembre de 2025

dormir o vivir

 No dormir y leer a Dostoievski es la mejor inversión que he hecho en mi vida: me está llevando más lejos que el descanso.

Reflexión sobre la muerte. (una pequeña reflexión)

En el mundo, dice Bauman, se hallan dos acontecimientos inevitables de nuestra existencia: enamorarse y la muerte. En esta última quisiera d...