miércoles, 5 de noviembre de 2025

Día culeado

 

Hay días 

en que me como la pena.

Sola.

Con mis amantes imaginarios

y mis maneras de pensarme 

sin juicio ni soberbia.

 

Ahora 

voy en la micro.

Sola

Pero, no me determina esta soledad

ni las ganas de asesinar

las melodías románticas que suenan en la radio.

Yo sólo deseo llegar al centro.


La micro se detiene en el Estadio Regional.

Saco mi termito del café

con dos gotitas de pisco,

¡y sin azúcar!,

para que me queme,

para que me duela de verdad,

para que me recuerde

que todavía tengo garganta,

esa que me adormecieron los antidepresivos

y hasta me quitaron las ganas de follar.

 

Sudo

el sacrilegio del olvido.

Sudo la vergüenza de seguir insistiendo

Cuerpo tras cuerpo

Paso tras paso

de gente con prisa

y sin poesía.

 

Me como la pena

con dos mandarinas que saco del bolso.

Tengo rabia,

la mastico igual

porque soy porfiada.

 

Porque hay días,

como este,

como varios,

en que simplemente riego las plantas,

juego con los perros,

sacudo las sábanas

del polvo aniquilante de tus besos tiernos.

Y me subo a una micro.

 

Enfilamos hacia la Avenida Brasil

saco mi teléfono y abro el mail:

“Lamentamos informarle que no ha sido seleccionada

para el cargo al que postuló.”

Esas palabras

me escupen en la cara un nuevo fracaso.

 

Se me acumulan las cuentas,

los sueños,

los miedos del futuro.

 

Mientras tanto,

mis poemas parpadean en la ventana

y escribir es lo único para lo que tengo ganas.

 

Recuerdo la mirada de mi hija

que a veces me observa con desdén

porque cree que no hago otra cosa que escribir poemas

Y ella espera que haga dinero para llevarla de viaje.

 

Y me vuelvo a acomodar,

pongo mis canciones favoritas,

los audífonos me aturden

y otra vez me lleno de pena,

de esa pena que sabe a vida que se tuerce.

A sueldo que no alcanza.

 

Me miro en el espejo: tengo una nueva cana en la ceja.

Entonces me río.

Me río de mí,

de mi drama con horario fijo,

del silencio que hace más ruido que el camión de la basura…

 

¡Concha de tu madre me olvidé sacar la basura!

 

Le doy otro sorbo al café con malicia.

Porque sí,

porque no hay redención en la sobriedad.

Y evito ese perverso positivismo tóxico.

El mensaje de autoayuda que me llega en un reel de Instagram.

 

Hay días

en que la pena me la sirvo en plato hondo,

con cuchara de postre

para degustarla,

lamerla,

repasarla con los labios.

 

La mastico con culpa,

con humor,

con un poquito de esperanza vencida,

y me trago también la fe que me dijeron que tenía que tener.

¿Y mis sueños de infancia?

Allá van…galopando

Escapándose de mi

Como si me tuvieran miedo.

 

Y mientras tanto

la ciudad 

con su ruido de ollas,

sus bocinas cansadas,

sus amores comprados en la feria,

sus perros callejeros

que ladran a la nada.

Como si aún quedara algo que reclamarles a los funcionarios públicos

que desfilan indiferentes por calle Prat.

 

Y yo acá

en la micro

me como la pena

y juro que mañana,

mañana tal vez,

no me duela tanto.

 

O sí.

Pero que al menos me duela bonito.

Con ritmo.

Con verso.

Con rabia y con ternura.

Como todo lo que sigue vivo en mis huesos y en mi carne

De una mujer que no deja de nombrar

Lo innombrable.

 

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