Hay días
en que me como la pena.
Sola.
Con mis
amantes imaginarios
y mis maneras de pensarme
sin juicio ni soberbia.
Ahora
voy en la micro.
Sola
Pero, no
me determina esta soledad
ni las
ganas de asesinar
las
melodías románticas que suenan en la radio.
Yo sólo deseo llegar al centro.
La micro
se detiene en el Estadio Regional.
Saco mi
termito del café
con dos
gotitas de pisco,
¡y sin
azúcar!,
para que me queme,
para que me duela de verdad,
para que
me recuerde
que
todavía tengo garganta,
esa que
me adormecieron los antidepresivos
y hasta
me quitaron las ganas de follar.
Sudo
el
sacrilegio del olvido.
Sudo la
vergüenza de seguir insistiendo
Cuerpo
tras cuerpo
Paso
tras paso
de gente
con prisa
y sin
poesía.
Me como
la pena
con dos
mandarinas que saco del bolso.
Tengo
rabia,
la mastico
igual
porque
soy porfiada.
Porque
hay días,
como
este,
como
varios,
en que
simplemente riego las plantas,
juego
con los perros,
sacudo
las sábanas
del
polvo aniquilante de tus besos tiernos.
Y me
subo a una micro.
Enfilamos
hacia la Avenida Brasil
saco mi teléfono
y abro el mail:
“Lamentamos
informarle que no ha sido seleccionada
para el
cargo al que postuló.”
Esas
palabras
me
escupen en la cara un nuevo fracaso.
Se me
acumulan las cuentas,
los
sueños,
los
miedos del futuro.
Mientras
tanto,
mis
poemas parpadean en la ventana
y escribir
es lo único para lo que tengo ganas.
Recuerdo
la mirada de mi hija
que a
veces me observa con desdén
porque
cree que no hago otra cosa que escribir poemas
Y ella
espera que haga dinero para llevarla de viaje.
Y me
vuelvo a acomodar,
pongo
mis canciones favoritas,
los
audífonos me aturden
y otra
vez me lleno de pena,
de esa
pena que sabe a vida que se tuerce.
A sueldo
que no alcanza.
Me miro
en el espejo: tengo una nueva cana en la ceja.
Entonces
me río.
Me río
de mí,
de mi
drama con horario fijo,
del
silencio que hace más ruido que el camión de la basura…
¡Concha
de tu madre me olvidé sacar la basura!
Le doy
otro sorbo al café con malicia.
Porque
sí,
porque
no hay redención en la sobriedad.
Y evito
ese perverso positivismo tóxico.
El
mensaje de autoayuda que me llega en un reel de Instagram.
Hay días
en que
la pena me la sirvo en plato hondo,
con
cuchara de postre
para
degustarla,
lamerla,
repasarla
con los labios.
La
mastico con culpa,
con
humor,
con un
poquito de esperanza vencida,
y me
trago también la fe que me dijeron que tenía que tener.
¿Y mis
sueños de infancia?
Allá van…galopando
Escapándose
de mi
Como si
me tuvieran miedo.
Y
mientras tanto
la ciudad
con su
ruido de ollas,
sus
bocinas cansadas,
sus
amores comprados en la feria,
sus
perros callejeros
que
ladran a la nada.
Como si
aún quedara algo que reclamarles a los funcionarios públicos
que
desfilan indiferentes por calle Prat.
Y yo acá
en la micro
me como
la pena
y juro
que mañana,
mañana
tal vez,
no me
duela tanto.
O sí.
Pero que
al menos me duela bonito.
Con
ritmo.
Con
verso.
Con
rabia y con ternura.
Como
todo lo que sigue vivo en mis huesos y en mi carne
De una mujer
que no deja de nombrar
Lo
innombrable.
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