miércoles, 5 de noviembre de 2025

Lenguas estrelladas

 Junio de 2025

Contemplo con extremada ternura
cómo te deshaces en mis manos antes del amanecer,
como si esperarme fuera algo más urgente que el hambre.

No dices nada.
Y yo tampoco.
Mejor así.
Hay palabras que, si se pronuncian,
mueren en la sombra de todos nuestros silencios.

Pero sonamos a nosotros,
en alguna hora que se detiene sobre esta noche
más oscura y quieta que todas las noches.
Siento que no hay fuego más real
que este calor que me dejas en los muslos
después que te vas.

Y me quedo mirando la forma
que dejó tu cuerpo en la sábana,
como si pudiera archivar el hueco,
clasificarlo,
y, tal vez,
devorarlo con el paso de los días.

Entonces miro por la ventana.
La noche respira en mi nuca,
y aún siento destilar tu saliva.
En mi cara, las estrellas se deshacen
en un líquido caliente.
Y mis pupilas — ahora —
se parecen a tus ojos negros.

Deseamos la misma noche,
amor.
Lo supe porque la otra mañana me desperté con la espalda tibia.
No estabas,
y, sin embargo, tu calor seguía ahí,
como un vestigio suave y palpitante
en mi entrepierna.

Tal vez todo esto lo he escrito dormida,
con tu lengua dibujando figuras
de ramas arbóreas
sobre mi espalda.
Pero no abrí los ojos del todo.
No era necesario.
Ya te reconocí en la forma
en que mi cadera te ofrecía tregua
sin haberlo decidido.

No te busqué.
Pero algo en mí,
desde los bordes de mis brazos lánguidos
y desde la hondura de mis abismos frágiles,
te invocó.
Y viniste.

Como un perfume que recuerda la piel
antes de tocarla.
Como un sueño que se deja beber
gota a gota,
sin temor a la vigilia.

Tu torso sobre el mío fue un umbral,
un idioma sin gramática,
sin reglas, sin métrica, ni juicio.

Y afuera,
la noche — con su silencio de muertos —
nos miraba con paciencia,
guardando cada jadeo
de manera secreta y lujuriosa:
tu tacto,
tu aliento.

Por esa extraña sensación
de haber sido una sola — contigo —
girando en el centro de la habitación,
como un fruto podrido.

Y aún,
en el fondo de mis piernas abiertas
y expectantes,
queda tu nombre sin pronunciar.

La noche lo guarda.
El cielo lo escucha.
Y el silencio — nuestro silencio —
sigue ardiendo en nuestras lenguas,
bajo las estrellas.

 


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