En el centro, los semáforos parecen latir con impaciencia. Los colectivos se alinean como si fueran un ejército cansado, mientras los pasajeros discuten con el reloj y con el calor que nunca da tregua, aunque sigamos en invierno.
La brisa marina arrastra olor a sal y óxido. Se mezcla con el polvo suspendido en el aire, que pinta de un gris tenue los edificios y se adhiere a la piel como un recuerdo imposible de sacudir, sí, cáncer posiblemente.
En las ferias libres, las voces de los vendedores compiten entre sí. El “a luca, a luca” se repite como mantra cotidiano, acompañado por el golpeteo de cajas de frutas y el tintinear de bolsas de plástico agitadas por el viento.
Los grafitis y murales, cada uno con sus colores intensos, intentan suavizar las paredes agrietadas. Son gritos silenciosos de jóvenes que marcan el paisaje con sueños, rabias y esperanza, pero sí, sobre todo rabia.
Las noches en Antofagasta no traen descanso completo. El eco de las motos y la música que se cuela desde algún balcón resuenan en las calles como si fueran confidencias compartidas con la luna.
Sábado 30 de agosto
Sólo quiero fumar y ser feliz
Entré al almacén con la idea fija y la mente vacía. La cajera me miró como quien ha visto mil veces la misma escena: alguien frente a la estantería dudando entre venenos con distintos envoltorios.
Los paquetes brillaban como promesas malditas. Rojos, azules, dorados… todos anunciaban algo distinto, pero en el fondo ofrecían lo mismo: un daño lento, envuelto en papel atractivo.
Sabía que no quería cualquiera. No era solo el humo lo que buscaba, sino el engaño breve de un sabor que justificara la elección. Un daño con disfraz dulce, un golpe con perfume.
La indecisión pesaba más que el dinero en la mano. Era como si en cada caja se escondiera una versión distinta de mí, una excusa para encender la chispa que me iba a consumir con paciencia.
Al final, la elección no fue por la marca ni por la cajetilla. Fue por la ilusión absurda de que un veneno pueda tener gusto a placer, como si el cuerpo aceptara con gusto lo que sabe que le hiere.
Domingo 31 de agosto
Observando a perrita terremoto Milá
Miro a la Milà y no puedo evitar sonreír con nostalgia. Llegó de Barcelona con ese carácter bravo, siempre armando show en la calle cuando veía a otros perros, como si fuera la dueña de la cuadra. Una regalona mal portada, pero regalona al fin.
Ahora la observo distinto. Sus cejas, que antes eran de color café oscuro, se llenaron de pelitos blancos que le dan un aire de viejita. La guatita más gordita y esas patas cansadas, hacen que subirse a la cama sea toda una odisea. La miro y me da ternura, me da pena, me da risa también.
Me pregunto qué pensará ella de todo esto. Si notará que ya no corre igual, que se queda pegada mirando al vacío, que se cansa rápido. Quizás ni le importe, y solo disfrute el momento, como cuando se echa al sol y queda ahí, panza arriba, feliz.
Y aunque la edad le pese, en su mirada sigue estando la misma chispa de siempre. Esa compañera mañosa y fiel, que cruzó un océano para quedarse conmigo, y que todavía me recuerda que el cariño, aunque el cuerpo cambie, no se gasta nunca.
Lunes 1 de septiembre
¡Soy parte de un libro!
Me cayó la teja de repente: sin darme ni cuenta soy parte de un libro. No de esos inventados en la cabeza, sino de uno real, con letras impresas, oraciones que suenan redonditas, gráfica a colores y tapa dura que pesa rico en las manos.
Es un trabajo que no nació solo. Somos doce mujeres que partimos en un taller de escritura terapéutica, escribiendo casi a tientas, a veces con miedo, a veces con rabia, otras con esperanza. Y hoy todo eso se traduce en un objeto que se puede hojear, oler, guardar en un estante.
Me emociona pensar que cada página lleva un pedacito de nosotras, que lo que era desahogo y conversación íntima ahora se vuelve algo tangible, algo que habla más allá del círculo. Un libro de verdad, que existe en el mundo y que nos nombra.
Martes 2 de septiembre
Buscando...me
Buscar la felicidad propia, a veces se parece a abrir un libro. Una página lleva a otra, y de pronto, uno se descubre en un rincón de la historia, como si las palabras fueran espejos secretos.
La escritura también se vuelve camino. Poner en papel lo que pesa o lo que ilusiona, ordena la mente, acomoda el corazón. Escribir no siempre soluciona, pero alivia, como si cada frase sacara un poco de sombra y dejara entrar luz.
La literatura es refugio y brújula. Nos recuerda que no estamos solos en nuestras preguntas, que otros antes buscaron lo mismo: sentido, consuelo, compañía en medio del ruido del mundo.
Las manualidades, en cambio, traen la felicidad a las manos. Tejer, pintar, pegar, recortar… gestos pequeños que devuelven calma. Allí la alegría no es abstracta, se hace objeto: una bufanda, una libreta, una figura de papel.
Al final, la búsqueda no es un destino fijo, sino un conjunto de caminos: leer, escribir, crear con las manos. En todos ellos late la misma idea: la felicidad se teje de a poco, entre letras, hilos y colores.
#Cata
Ame mucho leer todo , cada uno me transporto al lugar
ResponderBorrarGracias por la fotografía y sentir que traspasaste en cada texto ✨
ResponderBorrarDevoré cada texto. Sobre todo el primero!
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