El dolor como un rosario,
guardado entre las manos,
cómo un niño criado en religión,
intentando espantar al demonio de su cuarto.
El demonio sigue exento del desarraigo,
sonriente y solido como una gargola de piedra y diamantes,
permanece drenando toda pureza,
consumiendo como el fuego, todo resto de esperanza.
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